MI CASA

Mi casa, el cortijo, al que algunos de los hombres llamaban hacienda, estaba formado por varias casas bastantes simples.

Quiero decir que tenían pocas florituras comparadas con la arquitectura de ahora. A mi casa se la llamaba la principal. Era la primera que te encontrabas por el camino de llegada.

Tenía una entrada con una puerta muy grande que daba a una primera estancia espaciosa y casi vacía. De allí se accedía a la enorme cocina por un lado, y al comedor o sala por el otro. Unas escaleras daban acceso a las habitaciones que estaban en al primera planta.

Al fondo se podía acceder al patio, que era inmenso. Este patio era compartido por las demás casas, y tenía varios grandes accesos al exterior, hacia los campos. En el patio había cuadras y almacenes. Siempre había actividad en él, con movimientos de carros y animales. Existían dos pozos en dos extremos separados del patio. Recuerdo unas pilas o estanques siempre llenos de agua donde nos bañábamos en verano, si las mujeres no estaban lavando la ropa. Otros servían de abrevadero para los animales.

Entre las otras casas y almacenes, una estancia hacía de capilla. No era propiamente una capilla o iglesia pequeña, pero se parecía. En ella también nos enseñaba el maestro cada día. Eso, si las inclemencias del tiempo le permitían llegar desde el pueblo. Otras veces esta estancia se usaba para reunir a los hombres, o a todas las familias si había algo de lo que hablar. Aunque si el tiempo lo permitía, estas reuniones se realizaban en el patio.

Las actividades familiares, las comidas y los ratos de descanso, transcurrían principalmente en la cocina, alrededor del fuego en invierno, o con los grandes ventanales abiertos en verano. En muchas entradas de las casas había la figura de algún santo en algún estante o hueco de obra. Resaltaba el blanco continuo de la cal, que le daba algo de alegría a la simplicidad y pobreza de las construcciones. Junto a la puerta que daba al patio había una cantarera de madera, con los recipientes para el agua. En épocas de concentración de trabajo, venían muchos hombres a ayudar, y dormían en el patio a cielo raso. Se montaban grandes mesas en la misma zona para dar el rancho a estos grupos de trabajadores. Esto duraba sólo unos cuantos días de vez en cuando.

Recuerdo que la cuadra para los animales me parecía enorme e infinita. Era una larga nave compartimentada por tabiques de poca altura hechos de obra. Por la noche, los burros y caballos ocupaban sus sitios. Me gustaba verlos entrar, porque cada uno sabía su sitio, y yo siempre esperaba a que se acabaran de situar con la oculta esperanza de que alguno se equivocara de pesebre, cosa que nunca pasó. En la parte de arriba de las cuadras se guardaba la paja que algunos hombres bajaban a los pesebres antes de que los animales volvieran. Al final de la cuadra había una zona donde se criaban cerdos, gallinas, palomos, pavos y patos. Y al final del todo, estaba el estercolero, sitio donde permanecía el estiércol hasta que era esparcido por los campos como abono.

Los campos de alrededor los recuerdo sin árboles. Sólo campos de cultivo. Muy en la lejanía se veían unas montañas que más bien eran cerros. En su falda, unos bosques a los que creo que nunca fui.

Por el camino que daba a la entrada de nuestra casa se iba al pueblo. Por allí también se llegaba a la fábrica de cal y a los molinos.

La fábrica de cal, a la que me llevó mi padre en alguna ocasión, me daba miedo. Había agujeros enormes en el suelo del que salían chorros de fuego. Hombres sudorosos y tiznados movían materiales, cubas enormes, carros metálicos y removían con palas montañas de algo parecido a tierra y piedras. Me sorprendía que de todo eso, el resultado final fuera una montaña de arena blanca. La cal.

En realidad, posteriormente comprobé que aquello no era más que unos pocos metros cuadrados con un horno para hacer cal. Que sólo trabajaban tres hombres, y que la producción apenas abastecía a los pueblos de alrededor. Pero con menos de ocho años, ese lugar me parecía el mismo infierno.

De los molinos no me acuerdo mucho. Había dos. En uno hacían aceite y en el otro harina. Sí que recuerdo que no me gustaba nada el olor que hacía en ellos. Sobre todo en el del aceite. Y el caso es que yo no recuerdo olivos por ningún lado. Pero hacer aceite, hacíamos.

Luego supe que había muchas casas diseminadas por los campos, las cuales también eran de mi padre. Así como sus gentes.

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