YO

Yo nací el 20 de noviembre de 1917 en una casa de campo de Extremadura, cerca de Alburquerque, casi en Portugal.

Fui hijo único porque mi madre Teodora no pudo tener más hijos después de mí. Ignoro porqué. Me pusieron de nombre Manolo, que era como se llamaba mi padre, y como se había llamado mi abuelo.

Mis recuerdos son borrosos, evidentemente, por la lejanía en el tiempo. Y algunos de ellos no sé si son recuerdos míos o imágenes creadas a raíz de explicaciones posteriores de vecinos o familiares.

Me crié sano y fuerte. Me salieron los dientes cuando tocaba, empecé a andar cuando debía y dije mis primeras palabras cuando cualquier niño las dice. No fui ni más ni menos que otros niños. En lo único que me diferenciaba de los otros niños cercanos, era porque parecía ser más alto y robusto que ellos, pero esto no era de extrañar puesto que mi padre también sobresalía entre los demás hombres de la zona.

Mi familia era acomodada, propietaria de campos y ganados. También tenía mi padre una fábrica de cal y algunos molinos. Había 2 mujeres siempre en la casa que hacían las labores domésticas y cuidaban de mí. También veía hombres por allí, cuidando los animales y los campos. Junto a mi casa, había varias casas más. Todas juntas formaban una hacienda o cortijo, que sin ser un pueblo o aldea, estaba formado por varias familias. Creo que mi padre era el dueño de todo lo que veía, o de casi todo. Nuestra casa era la más grande y bonita.

No recuerdo especial cariño de mis padres, aunque tampoco tengo malos recuerdos. A mis padres les hablaba de “usted”. Mi madre era enfermiza, y muchos días no la veía. Se me mandaba silencio en esos días, y tenía que ir a jugar fuera de la casa principal. A mi padre le tenía mucho respeto, casi miedo, pero lo adoraba. No siempre estaba con nosotros en la casa, pues iba a menudo a Cáceres y a Badajoz, no sé muy bien a qué. Supongo que a negociar los productos que se generaban en la hacienda.

Ya con 5 años, comencé a aprender lo que es el leer y el escribir, además de otras cosas, que yo creo que me las enseñaban sin orden ni concierto. Por lo menos no recuerdo haber tenido asignaturas tal y como se entienden ahora.

Cada día venía un maestro que nos daba clases a los niños de la hacienda. Éramos media docena, aunque muchos días algunos faltaban porque tenían que ayudar a los padres, ya fuera porque algún animal estaba enfermo, o porque las labores del campo así lo requerían. Yo nunca faltaba, porque no tenía asignada ninguna otra labor.

Los otros niños no siempre estaban trabajando. Recuerdo que jugábamos mucho cuando ya no teníamos clases. Siento no acordarme de sus nombres, pero sí que me acuerdo de sus caras. Recuerdo que todos eran más bajitos que yo, supongo que tendrían menos edad también. No había niñas con nosotros. Las había, pero no venían a clase, ni jugaban con nosotros.

Como cualquier grupo de niños, hacíamos nuestras trastadas y gamberradas. Una vez casi prendemos fuego a una cuadra. Otra vez, echamos a perder toda la ropa que las mujeres tenían en el lavadero, porque habíamos escuchado que el cloro limpiaba mucho, y nosotros quisimos ayudarlas. En otra ocasión, le dimos de comer a los perros unas gallinas que había en nuestra cocina, porque parecía que tenían hambre. Evidentemente, las gallinas eran para las personas. En más de una ocasión ahuyentamos al asno del maestro para disgusto del mismo. Luego algunos hombres tenían que ir a localizarlo por los alrededores. En todas las ocasiones que hacíamos travesuras, sufríamos castigos físicos, que solían consistir en unos cuantos azotes en el culo, dados con correa o cinturón. Dolía mucho, no sólo en el momento en el que los recibías, sino que el dolor duraba bastante tiempo.

Creo que ese periodo de mi infancia, hasta los 8 años, fue muy normal. Los recuerdos que tengo son agradables a pesar de alguna que otra paliza, merecida en todo caso.

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