eL aBUELO moTERO

EL ABUELO TOMÁS PRISIONERO

Las historias del Abuelo Tomás me entusiasmaban, aunque las repetía mucho. Quizá por eso no se me olvidaron nunca.

En Filipinas lo pasamos muy mal. Sobre todo, pasamos mucha hambre, entre otras penurias. Yo era Infante de Marina. En Cartagena hice muchísima amistad con tres de mi edad. Creo que alguna vez os lo he explicado. Los nombres no vienen a cuento. Habíamos estado en Cuba durante casi un año, antes de que empezara la guerra con los americanos. Pero aunque no era una guerra declarada, habíamos tenido que luchar durante ese año contra los cubanos que querían la independencia. Y había muchos españoles que vivían allí que también la querían. Otro día os explicaré las historias que viví en Cuba.

Desde allí nos mandaron a Filipinas, pasando por España primero. Cuando llegamos nos dieron una semana de permiso. Luego tuvimos que volver al cuartel. Salimos desde el puerto de Cartagena hacia Filipinas a principios de 1897. Durante un mes estuvimos embarcados, haciendo escala en varios puertos hasta que llegamos a Manila. En el barco, el rancho estaba racionado y pasábamos hambre. Cuando llegamos, nos dieron bien de comer en el cuartel.

Al día siguiente repartieron puestos y me tocó ir a Cavite. Una vez allí, las luchas eran continuas. Los insurrectos filipinos nos atacaban a menudo, y nosotros hacíamos batidas para matarlos. En los siguientes meses nos fueron destinando a varios cuartelillos en distintos pueblos. Pero siempre era igual. Los insurrectos nos atacaban y nosotros hacíamos patrullas continuamente. Algunos de los nuestros caían, pero en general, nosotros matábamos muchos más filipinos, a pesar de que les ayudaban los americanos. Aunque en esos meses yo no vi ningún americano. En los cuarteles estábamos bien, pero las patrullas exteriores duraban cinco o seis días y en ellas pasábamos hambre y estábamos casi siempre mojados, porque llovía continuamente.

Al año de estar allí vimos en Manila a la flota americana. A la semana siguiente supimos que habían acabado con toda la flota española. En pocos días los víveres empezaron a escasear y volvimos a pasar hambre. Supimos que algunos cuartelillos estaban siendo asediados. Y otros, masacrados. Los supervivientes explicaban historias terribles. Yo caí enfermo y estuve una semana en cama. Mis amigos fueron enviados a Baler. Recibimos orden de reunirnos todos los destacamentos de los pueblos en una isla, que no me acuerdo como se llamaba. Sólo pudimos llevar la ropa puesta y todo el armamento, ya que no teníamos lanchas suficientes para cargar mucho. Al llegar, las pocas edificaciones que había las ocuparon los mandos. El resto, unos 500 soldados, teníamos que dormir bajo el cielo.

Vinieron los barcos americanos y nos bombardearon. Tuvimos que rendirnos sin  disparar ni un tiro, porque no había nadie a quien disparar, ya que nos machacaban desde los barcos. Después de que nuestros mandos se rindieran, los americanos desembarcaron. Nos retiraron todas las armas y pasamos a ser prisioneros de los filipinos.

Entiendo el odio del Abuelo Tomás a los filipinos.

eL aBUELO moTERO

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