EL ABUELO TOMAS EN LIBERTAD

EL ABUELO TOMAS EN LIBERTAD

En noches posteriores, el Abuelo Tomás siguió explicando sus aventuras en Filipinas

Durante meses nos llevaron a varios pueblos donde teníamos que trabajar en las fincas. A veces nos trataban bien y otras veces muy mal. La cantidad y calidad de comida, ropa y alojamiento dependía de la bondad o maldad del amo que tocara. Cuando llegábamos a un pueblo, los dueños de fincas se nos repartían. Si no te daban trabajo tenías que pedir limosna o robar. No teníamos nadie que nos vigilara, pero no podíamos escapar, seguíamos siendo prisioneros. No teníamos donde ir, y los filipinos mataban salvajemente a los españoles que estaban solos o que eran pequeños grupos. Era mejor seguir todos juntos.

A todo esto, los americanos ya no eran amigos de los filipinos, y habían entrado en guerra entre ellos. A pesar de eso, los prisioneros españoles recibimos orden de embarcar con los americanos. Pero teníamos que andar durante semanas para llegar a la ciudad de embarque. Cuando llegábamos a un pueblo, solían darnos de comer y a veces dinero. Nos alojaban en graneros o en sus propias casas, aunque éramos muchos. A medio camino se juntaron con nosotros otros cuatrocientos prisioneros españoles.

Llegamos a la ciudad del embarque señalado. Allí me encontré a mis tres hermanos lo que me alegró muchísimo. Hacía más de un año que no los veía, y no había sabido nada de ellos. Estuvimos horas hablando, explicando cada uno lo que había vivido el último año.

Los americanos ofrecieron enrolarse en su ejército a todo aquel que quisiera. Unos pocos decidimos aceptar la oferta. Durante los días siguientes varios buques cargaron a todos los españoles para llevarlos a España. Los que nos habíamos incorporado al ejército americano, unos veinte, estuvimos aún una semana más allí. Luego nos mandaron al cuartel de Manila. Nosotros queríamos matar filipinos.

Aunque el Abuelo Tomás se repetía mucho, nadie le decía nada y todos le escuchaban atentos. Yo el primero.

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