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LOS MAYORES

Y luego estaban los mayores, que aunque no fueran amigos, sí se les tenía un cariño especial. Aunque regañaban mucho y siempre refunfuñaban cuando jugábamos con escándalo.

Recuerdo que Julián se encargaba de los animales. Llevaba varios saquitos de colores con pequeñas piedras dentro. Como no sabía contar, cuando iba recogiendo a las bestias, a la misma vez apartaba una piedra por cabeza, y de esta manera sabía si le faltaba algún bicho. Cuando no le cuadraba salía a buscarlos por los alrededores hasta que daba con ellos. Más de una vez pensamos en mezclarle los saquitos, pero siempre nos echamos atrás porque hubiera sido una gamberrada demasiado grande. Hasta nosotros entendíamos que era una gran putada. Fuera por miedo a los castigos, o por algo de sensatez, nunca lo hicimos.

El tío Paco hacía las veces de médico y curandero, con sus sanguijuelas, hierbas y rezos. Cuando él no daba con el mal, entonces se llamaba al médico del pueblo. El tío Paco no sabía leer ni escribir, pero le gustaba estar informado, así es que los domingos se acercaba a mi padre para que le explicara las novedades sociales, políticas o de cualquier índole que pudiera haber en la provincia o en cualquier parte del mundo. Se sentaban un rato en el patio antes de la cena y charlaban mientras tomaban un vaso de vino.

Antonia ayudaba a mi madre en las tareas de nuestra casa, y aparte, tenía la suya propia, donde cuidaba de marido e hijos, que eran unos pocos. Cuando mi madre estaba enferma o indispuesta yo pasaba bastante tiempo en casa de Antonia. Estuviéramos donde estuviéramos, tenía que obedecerla sino quería que mi padre me castigara. Era muy mandona, pero muy trabajadora. No recuerdo haberla visto sentada nunca, siempre haciendo el trabajo que fuera, limpiando y cocinando.

El maestro era muy serio, creo que nunca le vi sonreír. Sus clases eran normalmente muy aburridas, aunque alguna vez nos sorprendió repartiendo dulces o golosinas entre los niños, supongo que en alguna fecha señalada. No nos metíamos con él, al igual que con el médico, o con el cura, porque eran demasiado serios. Nos daban mucho respeto o miedo, no sé.

El médico y el cura siempre venían con prisas. Al igual que el maestro, lo hacían en burro o en carro. Hacían su trabajo y se marchaban. Los que iban a la iglesia lo hacían yendo al pueblo. Nosotros no íbamos a la iglesia, ni misas ni cosas de esas. Pero otros del cortijo sí que lo hacían. No recuerdo que hubiera ningún problema porque unos fueran y otros no. El cura sólo venía cuando alguien estaba muy enfermo, acompañando al médico.

Es curioso, pero no recuerdo que nadie se muriera en el cortijo en los años que estuve allí.

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