animales en el cortijo

LA FAMILIA CATALANA

Varias veces al año se hacían fiestas en el cortijo y venía nuestra familia catalana. Se unificaban celebraciones y así se festejaban varias cosas a la vez.

Con motivo de una fiesta de la labranza, no recuerdo cual, se aprovechaba para hacer coincidir mi fiesta de cumpleaños, la de mi madre y la de tres personas más del cortijo.

No es que todos hubiéramos nacido el mismo día, pero sí por la misma época. Así es que a principios de diciembre, para cuando iba a cumplir 8 años, vinieron los familiares de Cataluña.

El único hermano de mi madre, con su familia, vino desde Barcelona. Era un empresario textil, y trajo con él a su mujer y a mis primos. Mi tío era muy grande, poco cariñoso y muy serio. Mi prima Laura era muy mayor, con 17 años, pero mi primo José tenía 8 años y nos llevábamos muy bien. Ya nos conocíamos de años anteriores. Mi tía era muy amable y siempre nos traía regalos y golosinas. No sólo a mí, sino a todos los niños del cortijo. Este año, también nos trajo. En realidad, no era necesario, porque no eran pocas las veces que comíamos golosinas o dulces. Ya fuera el maestro, el médico, mi padre, la Antonia, o alguno cualquiera de los otros mayores de nuestro cortijo, de vez en cuando nos traían unas buenas raciones. Creo que mis tíos de Barcelona pensaban que éramos pueblerinos y que sólo comíamos garbanzos y cerdo.

Como quiera que sea, fue muy agradable la visita de estos familiares. Estuvieron con nosotros sólo unos días, pero se hicieron cosas especiales. Se cantó y bailó por la noche, no se nos mandó tan pronto a dormir, no tuvimos clases y se nos dejó mayor libertad de movimiento, en consideración a los invitados.

También vinieron familiares de otros, pero sólo recuerdo que hubo bastantes caras nuevas esos días. Niños y mayores. Así es que el grupo de gamberrillos aumentó en número.

Por los niños venidos de las grandes capitales, incluido mi primo, nos enteramos de cosas modernas como lo de los coches, autobuses, taxis, motos, estadios de futbol, plazas de toros, cines y un largo etc… Muchas de las cosas no nos las creíamos, y fueron varias las veces en las que salimos a tortas entre los del cortijo y los venidos de fuera. Los mayores aclaraban las verdades y limitaban las exageraciones o mentiras de los niños de la capital. Luego seguíamos tan amigos, hasta el próximo conflicto.

Si ellos nos tomaban el pelo a nosotros cuando nos explicaban las cosas, nosotros también les hacíamos perrerías a ellos en cuanto podíamos. Los hacíamos pasear por las cuadras, y cuando se despistaban los metíamos en la zona del estiércol. Para cuando se daban cuenta ya estaban con la mierda por los tobillos. Y cosas por el estilo. No lo pasamos mal ni los unos ni los otros esos días.

Hicimos pactos de sangre, pinchándonos en un dedo y juntando las gotas. José se mareó, pero aguantó lo suficiente para cumplir lo requerido, que era pincharse, tocarse la frente con la gota, cruzar el dedo conmigo, hacer la señal de la cruz y escupir a la derecha.

Esperamos sentados al frío del atardecer para que José se recuperara de la vista de la sangre. Mientras tanto me explicó que su padre era muy duro. Le pagaba muchas veces y lo castigaba continuamente. La madre le daba mucho cariño, pero no impedía al padre ser tan rígido.

Los mayores andaban preocupados con cosas de política y militares. Discutían mucho sin llegar a mayores. Todos los hombres de nuestro cortijo hablaban y se interesaban por las cosas que habían pasado en Catalunya y otras zonas. A los niños todo eso nos daba igual. Pero mi primo nos explicó que había visto muertos tirados en las calles de Barcelona. No sé si fue por la forma de decirlo o por su mirada perdida mientras lo explicaba, pero esta vez no dudamos de lo que decía.

Mi padre y mi tío entraban en grandes discusiones, aunque portándose como caballeros. Quiero decir que no había gritos ni peleas, pero cada uno defendía su postura y había mucha tensión. Las mujeres controlaban que no se les fuera de la mano. En otros momentos del día, sin embargo, mi padre y mi tío hacían cosas juntos como buenos amigos. Jugar a las cartas, pasear a caballo, cazar y actividades de ese tipo.

Lamentamos la hora de la marcha de todos ellos. Yo creo que los mayores lamentaron este momento más que nosotros, porque se volvía a la rutina diaria de las labores y trabajos. Hubo muchos besos, abrazos y lágrimas en la despedida.

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