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EL ABUELO TOMÁS Y LOS ENEMIGOS

Pero el que más me gustaba era el abuelo Tomás, que había viajado mucho, parece ser. Estuvo en la guerra del 14 y antes en otras.

Eso decían los mayores. Y él mismo, aunque sin especificar mucho. Los adultos le escuchaban atentamente en sus narraciones. Le llamaban simplemente abuelo. Casi nunca me dejaban quedarme en estas narraciones, pero yo me escondía y lo escuchaba despierto hasta bastante avanzada la noche. Cuando los mayores empezaban a recogerse yo me escabullía a mi habitación.

Luego me enteré que en esa época no llegaba a los 60 años, pero la verdad es que parecía mucho más viejo.

Si me gustaba el ejército era por los camaradas de armas, la lealtad, el valor, el patriotismo, la solidaridad entre nosotros y las gentes de los pueblos.

Sin embargo viví historias terribles en los campos de batalla. Principalmente en la guerra del 14, donde los enemigos alemanes eran brutales y sin moral alguna. Los alemanes usaban productos que nos lanzaban a las trincheras con fumigadores, los cuales inflamaban el aire. Gases asfixiantes, que nos cegaban o nos mataban. Los lanzaban también como pequeñas bombas, y al explotar producían neblinas de las cuales teníamos que huir irremediablemente. El enemigo aprovechaba entonces para disparar a diestro y siniestro. Poco tiempo después, a los que estábamos en el frente, nos dieron y empezamos a usar máscaras para poder respirar cuando nos atacaban, incluso a las mulas les poníamos máscaras para mantenerlas con vida.

El enemigo unas veces era el ejército alemán, pero no siempre. O aunque fueran del ejército alemán, no eran alemanes. Estaban los africanos negros, que ya había conocido en los años 90 (1890). Eran terribles, sádicos, inmorales, unos animales. Y parecidos a ellos estaban los moros, gente casi de la misma calaña.

Teníamos que tener mucho cuidado con los sitios donde bebíamos agua, porque el enemigo envenenaba los pozos y depósitos. Y le daba igual que de allí también bebieran las gentes civiles. Se infiltraban en nuestra zona y hacían todo tipo de sabotajes.

También nos contagiaban enfermedades a propósito, liberando virus en las trincheras y pueblos que abandonaban. No sólo para nosotros, el ejército, sino también para los paisanos, mujeres y niños. Y llegaban a más, infectando la hierba y el pienso con virus de enfermedades animales. Como que el uso de caballos y burros era masivo, hacían mucho daño con esto. Además, los animales para el consumo también se contagiaban, con lo que caíamos enfermos al comerla.

Los negros cometían terribles barbaridades. Estos eran alistados por los alemanes en sus colonias de África, y no entendían de cosas como el honor o la moralidad. A veces descuartizaban a los muertos, e incluso algunos me contaron que se comían trocitos de sus corazones. Aunque yo eso no lo vi nunca. Violaban a mujeres e incluso niñas, y pasaban a cuchillo a diestro y siniestro. Y todo por unas creencias religiosas que no había manera de entender. Cuando llegábamos a un sitio que había sido dejado por los alemanes, sabíamos si lo últimos en irse habían sido los negros o no, sólo con un vistazo a los cadáveres.

Y el enemigo no cumplía las leyes básicas de la guerra. Así a veces utilizaban los carros de la cruz roja para transportar armas y municiones. También robaban los uniformes de los soldados muertos para ponérselos y engañar en escaramuzas. O izaban la bandera blanca pero luego nos disparaban sin rendirse, cuando salíamos al ver la bandera.

Y así era como lo contaba el abuelo Tomás.

Yo sabía de la existencia de personas negras, pero aún no había visto ninguna en mi vida.

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