Por El Abuelo

MIS AMIGOS

Mis amigos de la infancia. Sus caras y nombres se grabaron a fuego en el álbum de recuerdos de mi vida, en las primeras hojas del mismo. Compañeros y compinches de travesuras, aventuras y correrías.

Hicimos pactos de amistad, compartimos sueños e ilusiones y prometimos que no nos olvidaríamos nunca los unos de los otros, pasara el tiempo que pasara y estuviéramos donde estuviéramos.

Y aunque ha pasado tiempo y cada uno ha tomado un camino, todo lo que viví con ellos en mis primeros años de  vida no se han borrado. Andrés, que siempre andaba pidiendo un trozo de nuestra merienda, después de comerse la suya. Pedro, que tenía como afición principal el matar lagartijas. Y Ángel, que era el más gamberro de nosotros a pesar de su nombre. Diablo en lugar de Ángel, les gustaba decir a los mayores.

Por mucho tiempo que pase, como olvidar aquellas correrías, guerras con espadas de palo, en las que no había ni vencedores ni vencidos, en las que todos ganábamos o todos perdíamos, conquistando el mundo desde lo alto de los abrevaderos. Las cacerías de pajarillos a pedradas, que duraban horas y nunca le dábamos a ninguno. Las bolas o los trompos junto a la fachada principal. En verano jugábamos al escondite hasta que se hacía de noche, momento obligado de recogerse en las casas. Las madres llamaban a la cena desde la puerta, a voces.

Pero la verdad verdadera, es que jamás los he vuelto a ver. Sólo mi primo, como parece evidente, siguió formando parte de mi vida, aunque muy esporádicamente. Del resto supe alguna cosa que otra. En general, todos los amigos de mi infancia murieron en la guerra civil española. No a todos les pilló en el mismo bando, pero no sobrevivieron estuvieran donde estuvieran. Alguno quedó, según me fui enterando con el paso de los años, pero nunca los volví a ver, como ya dije.

De los más allegados, sólo supe de  Ángel. Me contaron que había estado en el bando nacionalista, y que había ascendido como militar. Después se hizo policía en Badajoz, y posteriormente se fue a vivir a Madrid. Se casó en los 40 y tuvo un hijo. Pero su mujer se murió a los dos años. Según dicen era un pedazo de cabrón. Ascendió también como policía y pasó a la brigada político social. Parece ser que era bueno en lo suyo, apaleando, torturando y atrapando a los ”malvados” que no eran afines al régimen. Se ve que lo mataron en el 57 de una paliza y no se encontró a quien lo hizo. Gracias a mis contactos supe en 1970 que habían sido sus mismos subordinados, no porque fueran mejores personas, sino porque a ellos también los trataba fatal, e incluso les daba alguna ostia si le daba la gana.

A los subordinados hay que tratarlos bien, sino te puede pasar esto que le pasó a Ángel.

Yo, en mi vida, sólo he pegado a los subordinados que se lo han merecido.

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